Actualmente, puedes mandarle dinero a un amigo o pagarle a tu casero y que le llegue en segundos, un domingo a las 11 de la noche, sin que ningún banco esté “abierto”. Eso que ya no es una novedad y que lo tenemos tan normalizado en cuanto métodos de pago, existe desde 2004; el SPEI es, literalmente, uno de los sistemas de pagos en tiempo real más viejos de América Latina.
Y sin embargo, si vas a un tianguis, le pagas a la señora de las quesadillas o divides la cuenta de una cena entre cinco personas, lo más probable es que saques la cartera y uses billetes. No porque no exista la tecnología, sino porque como consumidores, seguimos sin convertirla en costumbre. Ese contraste es justo el tema que está dando de qué hablar en el sector financiero mexicano este año: SPEI tiene la infraestructura, tiene el volumen, tiene el respaldo de Banxico… pero todavía le falta ganarse el lugar que el efectivo ocupa en la vida diaria de millones de personas.
Empecemos por los números, porque son bastante llamativos. Según cifras que la propia gobernadora de Banxico, Victoria Rodríguez Ceja, presentó ante el Senado, durante 2025 se realizaron en el SPEI más de siete mil 300 millones de transferencias electrónicas, lo que representa un crecimiento de 36.8% respecto de 2024. De ese total, el 94% corresponde a operaciones de bajo monto, de alrededor de 13 mil 200 pesos o menos.
Un reporte elaborado por Bitso Business en colaboración con un despacho de análisis de datos añade otra capa a la historia, el SPEI ya procesa 222 transacciones por segundo y el valor movido durante el año superó los 347 billones de pesos, una cifra que, según ese mismo análisis, equivale a 10 veces el PIB nominal del país. El reporte también documenta algo interesante sobre cómo ha cambiado el uso de la herramienta; al día de hoy, el valor total transaccionado vía SPEI es 27 veces mayor al que mueven las tarjetas bancarias, lo que sugiere que dejó de ser un canal exclusivo para pagos grandes entre empresas y se volvió, poco a poco, parte del uso cotidiano de la gente.
De hecho, esa transformación se puede rastrear en el tiempo. En 2014, apenas el 62% de las operaciones correspondía a transferencias menores a 10 mil pesos; para 2025 esa proporción escaló al 94%, impulsada sobre todo por pagos entre personas, recargas y pago de servicios. Es decir, el SPEI dejó de ser “la tubería de los bancos” para convertirse en algo que usa la gente común, para cosas comunes.
Aquí es donde el panorama se pone interesante, porque toda esa escala institucional no se traduce, todavía, en un cambio real de hábitos. La Encuesta Nacional de Inclusión Financiera revela que la proporción de personas que usan transferencias electrónicas o apps como su método de pago más frecuente para compras mayores a 500 pesos pasó de apenas 0.3% en 2018 a 7.6% en 2024. Sí, subió más de veinte veces; pero sigue siendo una fracción mínima de la población. Como referencia, el uso de tarjetas físicas para ese mismo tipo de compras pasó de 11.6% a 19% en el mismo periodo, una tecnología mucho más “vieja” que, aun así, sigue ganándole terreno a la transferencia instantánea.
Aquí conviene detenerse un momento, porque hay tintes kantiano en esta resistencia. Kant hablaba de la Gewohnheit, el hábito, como una especie de mecanismo que actúa por debajo de la razón: uno repite una acción tantas veces que deja de decidirla, simplemente la ejecuta. Sacar efectivo de la cartera no es una decisión racional que la mayoría tomamos cada vez que pagamos, comparando costos y beneficios; es una costumbre incorporada, casi automática, que no se cuestiona en el momento de pagar. Y ese es justo el obstáculo que ninguna infraestructura, por rápida y confiable que sea, puede resolver por sí sola, cambiar un hábito exige algo más que ofrecer una alternativa mejor. Exige que la gente se detenga a elegir conscientemente, y eso (lo sabía Kant) es lo más difícil de conseguir.
Un análisis de Americas Market Intelligence (AMI), elaborado para la fintech Temenos y retomado por El Economista, plantea el diagnóstico desde otro ángulo, para Lautaro Musiani, analista de AMI, el reto mexicano tiene menos que ver con si el sistema de pagos existente y más con las condiciones para que la gente lo use de forma habitual. Tener una cuenta bancaria no es lo mismo que estar “bancarizado” de manera activa, puedes tener una cuenta, una app, hasta la tarjeta en la cartera, y aun así preferir pagar en efectivo la mayoría del tiempo. El acceso, dice el estudio, es apenas el primer escalón; lo difícil viene después.
La comparación con la región ayuda a entender por qué esto no es un problema exclusivamente mexicano, pero tampoco algo inevitable. El mismo estudio de AMI documenta que las transferencias en América Latina pasaron de 620 millones de operaciones en 2017 a 79,800 millones en 2024, y que para ese año cerca del 45% de las transferencias digitales minoristas de la región ya se hacían de forma instantánea.
Brasil es el caso que todo el sector cita como referencia obligada. Pix, su sistema de pagos instantáneos, registra 373 transferencias por persona al año y logró una penetración del 75% de la población en apenas cinco años desde su lanzamiento. Colombia, por su parte, es el ejemplo más reciente, lanzó Bre-B en 2025 y ya muestra una adopción rápida en sus primeros meses de operación.
¿Qué hicieron distinto? Ninguno de los dos inventó algo tecnológicamente superior a lo que México ya tenía. La diferencia estuvo en la estrategia de adopción: campañas masivas, obligatoriedad para ciertos actores del sistema financiero, integración directa en el comercio y, sobre todo, casos de uso muy claros desde el primer día. SPEI, en cambio, creció “hacia adentro” del sistema bancario durante mucho tiempo antes de convertirse en algo que la persona promedio usa para pagar el café.
Julián Méndez, director de Cuentas Globales de la fintech Praxis, lo resumió en una presentación reciente sobre transformación de pagos con una frase que se me quedó grabada: México ya tiene el riel, ya tiene el carril. La velocidad, dice, dejó de ser el diferenciador; el reto ahora está en ampliar los casos de uso, mejorar la experiencia y facilitar que distintas plataformas se hablen entre sí.
Y no es que México no lo haya intentado, Banxico desarrolló CoDi para generar cobros mediante códigos QR, lanzó DiMo para simplificar las transferencias desde el celular usando solo un número de teléfono, y ha hecho ajustes constantes a la experiencia móvil de SPEI. El problema es que ninguna de estas herramientas, por sí sola, resuelve la ecuación completa, los consumidores necesitan una razón concreta para cambiar de hábito, los comercios necesitan aceptarlas sin fricción, y la experiencia tiene que sentirse tan simple y confiable como contar billetes.
Lo cierto es que México llegó primero a esta carrera y, dos décadas después, sigue corriendo la misma vuelta que Brasil resolvió en un lustro. La infraestructura está ahí, sólida, probada, procesando cifras que superan por mucho el tamaño de la economía formal del país. Lo que falta no es tecnología ni voluntad regulatoria, sino algo mucho más difícil de diseñar desde un banco central: la costumbre.
Y ahí es donde se queda abierta la pregunta de fondo, ¿puede una infraestructura tan bien construida como SPEI seguir esperando a que el hábito cambie solo, o el siguiente movimiento tendrá que venir de otro lado del comercio, de la regulación, de una nueva generación que ya no cargue efectivo por costumbre sino por excepción?
Imagen: GPT Images 2.0
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