Hoy te traigo una nota ligera e interesante que junta dos mundos que parecen lejanos, el arte y los negocios; si disfrutas de la pintura, ojalá la disfrutes tanto como yo. Un cuadro de Monet de 63 por 71 pulgadas (unos 1,60 por 1,80 metros), pintado en el último tramo de su vida, pasó tanto tiempo en una casa particular que solo se conocía por una fotografía en blanco y negro. Se llama Iris y Sotheby’s París anunció su venta. Con esa excusa vamos a hablar de algo más grande: cómo se compra y se vende el arte, por qué unos cuantos lienzos valen más que un estadio de futbol y qué tiene que ver todo eso con que hoy hagas fila para entrar a una sala donde Van Gogh te rodea en 360 grados.
La subasta será el 22 de octubre con el título “Le Temps Retrouvé” (algo así como “El tiempo recobrado”) y reúne 28 obras de la colección de Jeanne Schlumberger, valoradas en más de 40 millones de euros en conjunto. La estrella es Iris (1924-1925), con una estimación de entre 22 y 30 millones de euros. Junto a ella sale Saule pleureur (Sauce llorón), estimado entre 9 y 12 millones de euros, en total la venta incluye cuatro Monet.
Tres datos explican por qué esto es un evento:
Depende de a qué te refieras. Sotheby’s dice que es la estimación más alta jamás atribuida a una pintura en una subasta en Francia. Ojo con los matices, es una estimación (un cálculo previo, no un precio pagado), y es un récord para Francia, no para Monet. El récord del pintor sigue siendo Meules (Almiares), que se vendió por 110,7 millones de dólares en 2019 y fue la primera pintura impresionista en superar los 100 millones.
Cuatro conceptos bastan para entender casi cualquier noticia de este tipo:
Un ejemplo de lo que puede pasar justo lo tenemos con Meules, la compró un coleccionista en 1986 por 2,5 millones de dólares y la vendió en 2019 por 110,7 millones. Nadie garantiza que un cuadro suba así, pero muestra por qué el arte se mira también como inversión.
Si quieres entender el mercado, estas son las ventas que más se citan:
Fíjate que en ninguno de los cuatro casos el precio se explica solo con lo que hay en el lienzo. Hay un misterio (Salvator Mundi), una supervivencia (Lederer), una barrera rota (Kahlo, Meules). El mercado paga por la pintura, sí, pero también por la historia que trae detrás.
Monet no sólo pintó “un cuadro bonito”, pintó series: los Almiares, los Nenúfares, el Parlamento de Londres. Cada serie es el mismo motivo bajo distinta luz, y eso lo hace fácil de reconocer y de coleccionar. Además, muchas de las piezas ya están en museos: de las 25 obras de los Almiares, 17 pertenecen a instituciones públicas. Cuando ya casi no hay obra grande disponible y sale una, los precios se disparan; Iris es uno de ellos.
Y hay un detalle que juega a favor de Iris, 5 de los precios más altos que ha alcanzado Monet en subasta corresponden a obras pintadas después de 1914, es decir, de su etapa tardía. El mercado lleva tiempo premiando justo el periodo al que pertenece este cuadro.
Para poner las cifras en perspectiva, según el informe de Art Basel y UBS, el mercado global del arte movió unos 59 600 millones de dólares en 2025, un 4 % más que el año anterior. De ese total, las subastas públicas representaron 20 700 millones, y Estados Unidos concentra el 44 % de las ventas.
Ahora, un contrapeso que no se cuenta mucho es que ese crecimiento llegó después de 2 años de caída y el mercado sigue un 9 % por debajo de su nivel de 2023. Los récords de 200 millones de dólares dan titulares, pero no significan que todo el mercado esté en su mejor momento. Además, las obras de artistas mujeres ya suponen el 37 % de las ventas por valor, frente al 28% de 2018, un cambio real.
Vale la pena medir el arte con la regla de otras industrias que ya hemos revisado. Los videojuegos cerraron 2025 con cerca de 195 600 millones de dólares, más de 3 veces lo que mueve todo el arte del planeta. El anime, con unos 36 000 millones, no queda tan lejos. Un mercado que cabe en una casa de subastas y un puñado de galerías compite en tamaño con industrias que llevan décadas vendiendo productos masivos.
Lo curioso es que se parecen en la forma. En videojuegos, el crecimiento se concentra en unas pocas franquicias gigantes; en el arte pasa lo mismo. Las subastas subieron 9 % en 2025 impulsadas sobre todo por las obras de más de 10 millones de dólares, cuyas ventas crecieron 30%. Unas cuantas piezas mueven las cifras, y por eso una subasta como la de Iris importa más allá de su precio: funciona como termómetro de cuánta confianza hay.
Según la encuesta a coleccionistas de alto patrimonio que acompaña el informe, la proporción que compra por Instagram subió a 51% y la de quienes compran directo al artista se duplicó. Al mismo tiempo, las ventas en línea cayeron 11% hasta 9 200 millones de dólares, su nivel más bajo desde 2019, porque las operaciones de mucho valor regresaron a lo presencial.
Mi lectura (que es interpretación) el arte se descubre cada vez más en pantalla, pero cuando el cheque es grande la gente quiere estar frente a la obra. Esa necesidad de presencia también explica lo que viene en la siguiente sección.
Aquí está lo interesante. Mientras un Monet cuesta millones y va a parar a una colección privada, el arte también se ha vuelto más fácil de disfrutar para el público general y sí, también mueven capital. Los ejemplos en Ciudad de México lo muestran bien:
The Immersive Experience se instaló en el Monumento a la Madre con capacidad para 2 800 personas por día. Contaba con proyecciones de 360 grados que rodean al visitante y permiten “entrar” en obras como La noche estrellada o Los girasoles. No ves cuadros originales, ves sus imágenes en movimiento, con música y a un precio de entrada de unos cientos de pesos. Existen varias versiones en la ciudad (Van Gogh Alive, Van Gogh Dreams), lo que también dice mucho del apetito del público.
Con Leonora Carrington pasa algo parecido, con el giro del tarot. En 2018, la muestra Cuentos mágicos del Museo de Arte Moderno atrajo a más de 300 000 visitantes, y por primera vez se vio su baraja de tarot. Este año llegó Leonora Carrington: Laberinto Mágico al Centro de las Artes Inmersivas, con una “Sala Tarot” donde una figura, El Mago, te entrega una carta. La artista tenía sesiones de tarot en su cocina con amigos como María Félix o Alejandro Jodorowsky, así que convertir esa práctica en parte de la visita tiene sentido.
La lectura que te propongo (que también es interpretación, no un dato), es la de que el mercado y el público se alimentan entre sí.
Un centenario, una subasta récord o una exposición ponen el nombre del artista en las noticias, ese nombre se vuelve familiar, y la gente quiere verlo de cerca.
Ahí entran las experiencias inmersivas, que bajan la barrera de entrada y no necesitas saber de arte ni pagar un boleto de avión para conocer a Van Gogh; y cuando ese público crece, museos, galerías y casas de subastas también ganan atención.
Falta ver si esa curiosidad se traduce en más visitas a museos o en nuevos coleccionistas, claro. Cabe señalar que los críticos y los más puristas señalan que una proyección no es una obra original, y tienen razón. Pero como puerta de entrada, funciona bien, porque cuando alguien que hoy sale de una sala inmersiva preguntándose, por ejemplo, cómo era Monet de cerca podría mañana estar frente a un lienzo real; y ese gusto adquirido se traduce en boletos de vuelos, pagos de entradas a museos o exposiciones temporales, merch (como postales, whashitapes, bolsos, libretas o termos) y, quizá, en una inversión en el comercio del arte; lo que hace circular el dinero entre los negocios que tengan las licencias y los dueños de las mismas.
Hace casi un siglo, el filósofo alemán Walter Benjamin escribió que una obra reproducida en masa pierde su “aura”: ese aquí y ahora irrepetible del original, el hecho de existir en un solo lugar y tener una historia propia. Parecía una sentencia de muerte para el original, pero el mercado hoy dice casi lo contrario. Cuanto más circula la imagen de Monet en pantallas, tazas y salas de proyección, más valioso se vuelve el lienzo que nadie vio en color durante décadas. La copia no mató el aura; le puso precio.
Un mismo cuadro puede vivir tres vidas a la vez. Una es la del original, que vale millones y cuelga en un museo o en un salón privado. Otra es la de la proyección, como con Van Gogh moviéndose por las paredes de una sala de exposición. La tercera es la más curiosa: la de un objeto que armas en la mesa de tu casa.
LEGO lleva años en ese terreno; su set La noche estrellada (21333) es de la línea LEGO Ideas, pensada para adultos: tiene 2 316 piezas y mide unos 37,5 cm de ancho. Nació de un diseñador aficionado, y el proyecto se hizo en colaboración con el MoMA de Nueva York, que es donde vive el cuadro original. También existe una versión de la Mona Lisa dentro de la línea LEGO Art (31213). Nadie está comprando una obra de arte, pero sí una manera de acercarse a ella, y eso es un producto que se vende muy bien.
Y no son casos aislados. Cuando el Mauritshuis de La Haya prestó La joven de la perla para una gran exposición de Vermeer, invitó al público a crear su propia versión para llenar el hueco. Recibió más de 3 400 propuestas, hechas con materiales como botones, fruta, pétalos, tatuajes y hasta bloques de LEGO. Una campaña de difusión perfecta: la gente terminó haciendo el trabajo de mercadotecnia del museo.
Y la historia de ese cuadro conecta con lo que contamos arriba. En 1881 La joven de la perla se compró en una subasta por solo dos florines más un recargo de 30 centavos. Hoy es una de las imágenes más famosas del mundo, y si lo comparas con los 22 a 30 millones que se esperan por Iris, verás lo caprichoso que es esto del precio y de la fama en el mundo del arte.
Aquí entran las licencias, un tema que suena aburrido pero explica mucho. En términos generales, los derechos de autor caducan con el tiempo, así que la obra de artistas que murieron hace mucho, como Monet, Van Gogh o Vermeer, es de dominio público. Eso significa que cualquiera puede reproducirla, y por eso los encuentras en tazas, pósters y sets de juguete.
Muchos museos han ido más lejos. El Met, por ejemplo, permite usar las imágenes de las obras de dominio público “para cualquier propósito, comercial o no, sin costo y sin pedir permiso”. Al programa se sumaron más de 375 000 piezas, y el Rijksmuseum, el Getty y la National Gallery of Art hicieron algo parecido. Es una decisión de marketing y de misión al mismo tiempo: cuanto más circula una imagen, más gente quiere ver el original.
Ojo, que la pintura sea antigua no siempre significa que su fotografía digital sea libre. Conviene revisar la ficha del museo, porque las condiciones de la imagen no se deducen de la antigüedad del cuadro.
Con artistas más recientes cambia el juego. Leonora Carrington murió en 2011, así que su obra sigue protegida; por eso la exposición de CDMX fue aprobada por su hijo, Pablo Weisz Carrington. Es más trabajo, pero también más control sobre cómo se cuenta a la artista.
Hay un último detalle, las propias casas de subastas hacen marketing. Iris se presentó al público en París y viajará a Hong Kong y Nueva York antes de venderse el 22 de octubre, durante la semana de Art Basel en París. Antes de que alguien levante la mano para pujar, el cuadro ya hizo una gira, salió en las noticias y se volvió un tema de conversación. Como todo lo demás en este negocio, la venta empieza mucho antes del martillazo.
Así que la próxima vez que veas un set de LEGO de Van Gogh, una sala inmersiva o un cuadro que se vende en 30 millones, piensa que son la misma historia contada a distintas escalas. Uno le llega a un coleccionista, otro a una familia con niños. Todos juegan con la misma idea: que el arte gane fama a base de circular para generar deseo, y con ello se mejore el precio.
Imagen: GPT
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