Si eres de los que ha hecho fila afuera de una sucursal de La Casa de Toño esperando tu pozole un domingo familiar, esta noticia probablemente te va a sorprender, la cadena está buscando comprador, y no cualquier comprador, sino uno dispuesto a poner sobre la mesa más de 400 millones de dólares.
La noticia la soltó Bloomberg esta semana y de inmediato se volvió el tema de conversación en el mundo restaurantero mexicano. No es para menos, hablamos de una empresa que nació de un changarro de quesadillas en la calle y hoy está valuada como si fuera una joint venture internacional. Vamos a desmenuzar qué está pasando, quién anda detrás de la compra, y lo que más nos interesa aquí, qué nos dice todo esto sobre hacia dónde va el negocio de los restaurantes y el delivery en México.
De acuerdo con documentos para inversionistas a los que tuvo acceso Bloomberg, La Casa de Toño contrató a BBVA México como asesor financiero exclusivo para explorar una venta. En esas presentaciones se habla del potencial de expansión de la marca no solo en México, sino en Latinoamérica y Estados Unidos.
Entre los interesados aparece Grupo Gigante, junto con otros consorcios mexicanos que hasta ahora no han sido identificados. Y aquí viene lo curioso, horas después de que se conociera el reporte, Grupo Gigante confirmó ante la Bolsa Mexicana de Valores que sí, está evaluando la posible compra, pero aclaró que las pláticas apenas están en fase inicial y que no hay nada firmado ni garantizado. Es el tipo de comunicado que las empresas públicas están obligadas a soltar cuando algo se filtra a la prensa, así que no hay que leerlo como un “sí” definitivo, pero tampoco como un desmentido.
Según las fuentes consultadas por Bloomberg, se espera que el precio final ronde más de 8 veces las ganancias ajustadas de la cadena. Para ponerlo en perspectiva, eso es aproximadamente el doble de la valoración que manejan gigantes regionales como Alsea (la que opera Starbucks y Domino’s en México y España) o Arcos Dorados (el operador de McDonald’s en toda la región). Osea que el mercado le está poniendo a La Casa de Toño un múltiplo bastante más generoso que a cadenas mucho más grandes y con presencia internacional consolidada.
La operación incluiría las 81 sucursales que actualmente tiene la cadena, concentradas en la Ciudad de México y su zona metropolitana.
Vale la pena parar un momento en la historia, porque ayuda a entender por qué esta marca genera tanto interés. La Casa de Toño no nació como un plan de negocios pulido: arrancó en 1978 cuando Marco Antonio Campos, entonces estudiante de Derecho, empezó a vender quesadillas en la calle con las recetas de su mamá para pagarse la carrera. Cuando las autoridades le prohibieron seguir vendiendo en la vía pública, se instaló en un pequeño local en Azcapotzalco que bautizó “Las Dos Poblanas”. El nombre con el que todos lo conocemos hoy surgió simplemente porque sus amigos decían que “iban a la casa de Toño” cuando lo visitaban.
Casi cinco décadas después, una de las presentaciones para inversionistas la describe como el “líder indiscutible” del país en restaurantes de cocina mexicana. Y no es exagerado: la marca tiene algo que muy pocas cadenas logran, que es una clientela que hace fila (literalmente, dando vuelta a la manzana) por un plato de pozole o unas flautas fritas. Ese tipo de lealtad de marca no se compra ni se replica fácilmente, y es probablemente una de las razones por las que los múltiplos de valuación se disparan tanto.
Aquí hay una curiosidad generacional. Muchos mexicanos todavía asocian el nombre Grupo Gigante con la cadena de supermercados que existió hace años. Pero el conglomerado se reinventó y hoy concentra buena parte de su operación en negocios inmobiliarios, tiendas especializadas como Office Depot, y una división restaurantera que incluye marcas como Shake Shack en México, Panda Express y El Farolito.
Si Gigante concreta la compra, no estaría entrando al negocio restaurantero desde cero, estaría sumando una de las marcas de comida mexicana más rentables y queridas del país a un portafolio que ya tiene experiencia operando franquicias internacionales de comida rápida. Tiene sentido desde el punto de vista de escala y sinergias operativas.
Aquí es donde la historia se pone interesante más allá del chisme corporativo. Esta operación pasa justo cuando la industria restaurantera mexicana atraviesa un momento raro, de cautela mezclada con oportunidad.
Por un lado, la Cámara Nacional de la Industria de Restaurantes y Alimentos Condimentados (Canirac) reconoció que 2025 fue un año flojo: se esperaba un crecimiento del 5% en ventas y al final solo se llegó a 1.8%, golpeado por aranceles, debilidad económica e inseguridad en algunas regiones. Para 2026 la expectativa vuelve a ser de un crecimiento cercano al 5%, aunque la propia Canirac advierte que no será parejo para todos, los negocios pequeños y medianos sentirán más presión por temas fiscales y de retención de ISR, mientras que las cadenas grandes, con acceso a capital institucional, tienen más margen para aguantar.
Y ahí hay una pista importante para entender por qué el capital se está moviendo hacia cadenas consolidadas como La Casa de Toño; cuando sube la renta en zonas como Polanco o la Condesa, y cuando los costos de insumos, seguridad y cumplimiento fiscal se disparan, el negocio del restaurante individual se vuelve cada vez más difícil de sostener. Mientras tanto, las cadenas con escala pueden negociar mejor, estandarizar procesos y absorber esos costos. No es casualidad que el sector de Consumo y Retail siga siendo uno de los más activos en fusiones y adquisiciones en México. Durante el primer semestre de 2026 el valor de las operaciones de M&A en el país más que se duplicó frente al año anterior, aunque el número total de transacciones bajó. Es decir, hay menos operaciones, pero cada vez más grandes y estratégicas. La compra de La Casa de Toño encajaría perfecto en ese patrón.
Además está el efecto Mundial. La Copa del Mundo 2026 llegó con la promesa de un empujón real para el sector: la Canirac estimó que los restaurantes podrían ver incrementos de hasta 29% en ventas durante el periodo mundialista, con más de 836 mil turistas llegando a las ciudades sede y un impacto económico adicional de más de 562 millones de dólares para negocios de gastronomía y hospitalidad. Es un contexto que hace más atractivo invertir justo ahora en una marca con fuerte presencia física y de alta rotación como La Casa de Toño.
Ahora, vamos a la pregunta que probablemente ya te estabas haciendo: si toda la conversación en el mundo restaurantero gira alrededor de lo digital (apps, delivery, dark kitchens) ¿por qué tanto interés en una cadena cuya fortaleza real sigue siendo la gente formada en la puerta del local?
Primero, pongamos el delivery en perspectiva. El mercado mexicano de entrega de comida a domicilio cerró 2025 valuado en alrededor de 2,530 millones de dólares, consolidando a México como el segundo mercado más grande de la región, solo detrás de Brasil. Se estima que unos 22.6 millones de mexicanos usan al menos una de las tres plataformas grandes (Uber Eats, Rappi y DiDi Food) y que la comida preparada es, de hecho, el producto más comprado en línea en el país.
Pero aquí está el detalle que casi nadie menciona cuando habla del delivery como si fuera dinero fácil, las comisiones que cobran estas plataformas rondan entre el 18% y el 35% del valor de cada pedido, dependiendo de quién haga la entrega y el plan contratado, y a eso hay que sumarle el 16% de IVA sobre esa comisión. Es decir, de cada 200 pesos que gasta un cliente en una app, al restaurante le pueden estar llegando apenas 130 o 140 pesos. El resto se lo queda la plataforma. Por eso muchos restaurantes suben los precios del menú específicamente en la app, no es que estén siendo tramposos, es que el canal digital, tal como está estructurado hoy, es carísimo de operar.
Esto cambia bastante la ecuación. Una cadena como La Casa de Toño, con locales que generan colas y alta rotación de clientes de manera presencial, en realidad está monetizando mejor su volumen que si dependiera fuertemente del delivery. El margen se protege comiendo en el local, no pidiendo por app. Así que la hipótesis de que Grupo Gigante estaría “comprando ciego” una marca poco digital en realidad se sostiene poco cuando uno mira los números de comisiones: lo presencial, sobre todo cuando genera esa lealtad de marca y esas filas, puede ser el activo más valioso, no el más atrasado.
Dicho de otra forma, el delivery es un canal de adquisición de clientes, no necesariamente el motor de rentabilidad que la narrativa popular sugiere. Una cadena que ya tiene el tráfico presencial resuelto (el problema que más cuesta resolver para cualquier operador nuevo) entra a cualquier negociación de compra con una ventaja estructural. Y si a eso le sumas que la documentación filtrada habla de planes de expansión hacia Estados Unidos y Latinoamérica, el interés de Gigante empieza a leerse menos como una apuesta nostálgica y más como una jugada de escala: comprar un modelo de negocio ya probado, con márgenes sanos y clientela fiel, para después sí montarle encima la capa digital y logística necesaria para crecer fuera de México.
Por ahora todo sigue en fase exploratoria. Ni La Casa de Toño ni BBVA México han querido hacer declaraciones públicas, y Grupo Gigante fue claro en su comunicado a la BMV: están evaluando, no negociando de forma vinculante. Puede que esto termine en una venta multimillonaria dentro de unos meses, o puede que se quede en pláticas que nunca cuajan, como ya le había pasado antes a los dueños de la cadena con otros interesados que tocaron la puerta.
Lo que sí queda claro es el mensaje de fondo; en un sector restaurantero mexicano que crece con cautela, encarecido por costos y presión fiscal, pero también empujado por eventos como el Mundial y una ola de fusiones estratégicas, las marcas con lealtad de clientela real se están volviendo de las apuestas más codiciadas del tablero. Y eso, más allá de si Gigante termina cerrando el trato o no, dice bastante de hacia dónde va el negocio “del comer” en México.
Imagen: GPT Images 2.0
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