Si hace unos años te hubieran dicho que una canción lanzada en 1962 volvería a romper las listas de popularidad globales sin gastar un solo peso de publicidad o que un chocolate artesanal elaborado en Dubái provocaría compras de pánico, probablemente no lo creerías.
Sin embargo, estos fenómenos ya no son casualidades. De acuerdo al estudio “Algoritmos los nuevos programadores de la cultura” de Human Connections Media, advierten que este cambio está respondiendo a cómo consumimos y descubrimos productos en la era digital gracias a la curaduría algorítmica.
Para entender este fenómeno, vale la pena mirar cómo funcionaba el mundo antes de la existencia de TikTok, Spotify o Instagram. Durante décadas, la cultura y el comercio estaban moldeados por ejecutivos discográficos, editores de libros, programadores de televisión y críticos que elegían qué contenido merecía llegar a la luz. Eran el filtro que decidía qué veías en pantalla o qué comprabas en la tienda.
Hoy, la curaduría algorítmica desplaza a estos intermediarios tradicionales para colocar en su lugar a sistemas de recomendación que analizan tu comportamiento en tiempo real. Por ejemplo, si te quedas unos segundos más viendo un video, si comentas, le das like o compartes un contenido, la plataforma calcula la probabilidad de que a millones de personas les interese lo mismo.
De hecho, acorde a datos del estudio “Year-End Music Report 2025”, el año pasado se registró el ingreso promedio de 106,000 canciones nuevas cada día a las plataformas digitales, un 7% más que el año anterior. Por su parte, Spotify reporta cerca de 2,000 millones de descubrimientos musicales diarios en su plataforma.
Las cifras como tal no demuestran que el algoritmo produzca cultura por sí mismo, sino que, como bien mencionan Mercedes Van Rompaey y Armando Córdoba en el estudio de Human Connections Media, estos números dimensionan la escala de cómo la recomendación algorítmica interviene entre la oferta disponible y lo que finalmente encuentra una audiencia.
Bueno, ya sabemos que el algoritmo es quien impulsa o no un contenido, pero ¿cómo funciona? Antes, las marcas e industrias producían un producto, planeaban un gran lanzamiento con publicidad y luego esperaban a que el público lo consumiera.
Ahora, el proceso se invirtió. El contenido se publica, el sistema lo prueba con una pequeña audiencia y, si detecta interacción, lo amplifica de forma masiva.
Existen varios ejemplos de cómo ha funcionado el algoritmo. Si nos vamos a la industria musical, podemos encontrar el caso de la canción “Pretty Little Baby” de Connie Francis, grabada hace más de 60 años; cuando se hizo viral en TikTok, pasó de 17,000 a 2.4 millones de reproducciones semanales.
En la literatura tenemos el fenómeno de BookTok, una subcomunidad de TikTok que logró que en Europa se vendieran más de 50 millones de libros recomendados por la comunidad, generando ingresos cercanos a 800 millones de euros en un solo año.
Por su parte, productos como los vasos Stanley, los tenis Adidas Samba o los chocolates Dubái pasaron de ser artículos locales o de nicho a agotarse a escala masiva por aparecer repetidamente en feeds personalizados.
Durante años, construir una marca significaba comprar espacio publicitario en los canales más caros para asegurar visibilidad; pero hoy, pagar anuncios ya no te garantiza la atención de los usuarios.
La curaduría algorítmica no premia necesariamente a la marca que tiene el presupuesto más grande, sino a las propuestas capaces de generar conversación, interacción y valor. Es por ello que ya no se trata únicamente de participación de mercado, sino de lograr alcanzar un poco de la atención colectiva de los usuarios.
Imagen: GPT Images 2.0
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